domingo, 5 de marzo de 2017

Los almendros del P. Claret


Pocos conocen, menos recuerdan y casi nadie agradece el paso beneficioso del P. Antonio María Claret  por el monasterio entre los años 1859 y 1868. 
Tras la desastrosa amortización y la injusta expulsión de la comunidad jerónima, el monasterio se encontraba en un lastimoso estado de conservación; el abandono y el pillaje habían hecho mella y se hacía necesario que alguien tomara las riendas de una urgente restauración, tanto material como espiritual. Y ese alguien fue el P. Claret (1807-1870).
En aquellos momentos difíciles para la supervivencia del edificio, fue nombrado Presidente de una Corporación de Capellanes por la reina Isabel II, con el objetivo de restaurar al menos parte de la pasada grandeza histórica del monasterio, que llevaba ya abandonado  20 años. 
Conjuntamente con sus colaboradores afrontó con ánimo la compra de nuevos ornamentos y mobiliario, la restauración de los órganos, la apertura de gabinetes de estudio, el traslado de manuscritos a lugar más seguro contra los incendios y la mayor rentabilidad de la huerta monacal. Y dentro de este último apartado, hizo que se plantaran unas filas de almendros junto al paseo de África y por toda la huerta.
Como de costumbre, las envidias y la ingratitud le obligaron a renunciar al puesto. Hoy quedan como recuerdo suyo en el monasterio la habitación que ocupó durante sus estancias escurialenses y los almendros que plantó en la huerta, que con su alba floración quizás nos quieran recordar el casi olvidado paso por aquí de tal benefactor.
            

jueves, 9 de febrero de 2017

Arquitectura y Geometría



Pocas ocasiones tendremos en edificios del siglo XVI de contemplar una conjugación tan conseguida de arquitectura con geometría como en el Monasterio de El Escorial.
¿O será geometría con arquitectura?

El botamen para la botica del monasterio




Sabemos que en el Monasterio de San Lorenzo el Real, se puso en marcha una botica para suministrar medicamentos destinados al hospital, al rey y su familia, a los monjes y a la corte. Dicha botica se situó en edificio independiente pero anexo al convento y próximo al hospital, en el ángulo suroeste, por debajo de la torre precisamente llamada de la Botica. Con esta independencia se alejaban los inevitables olores y ruidos que podían ser molestos para los monjes y los enfermos. La botica jerónima escurialense fue fundada por Felipe II en 1564 y desapareció con la desamortización en 1837, 
En la botica escurialense se alcanzó un nivel de conocimientos científicos muy elevado, tanto por el empeño personal del mismo Felipe II, como por la asignación a ella de los mejores asesores para la instalación y funcionamiento de la “Torre filosofal”. Además en ella se cuidaba la selección de plantas de los jardines botánicos de las que se extraían aceites y ungüentos para fines medicinales.
Todos los componentes salidos de los alambiques de destilación se almacenaban en un singular botamen compuesto de albarelos o botes de cerámica, decorados con los motivos del monasterio, así como en cajas de madera donde se guardaban las muestras, llamadas simples.
Aparte del velado interés de Felipe II por los procedimientos alquímicos como posible vía de solución a sus problemas económicos, manteniéndolos fuera del alcance de la Inquisición, de lo que no cabe duda es del manifiesto apego del monarca por la botánica y jardinería. Como fuente de obtención de las necesarias plantas medicinales, creo los jardines de Aranjuez, siguiendo los consejos del célebre médico humanista Andrés Laguna (1499-1559).
Y todo este material farmacéutico había que guardarlo de forma que no se corrompieran perdiendo sus características esenciales, tanto de las muestras simples como de los productos elaborados ya en los alambiques destiladores. La importancia que tenía la conservación posterior de todos los preparados ya la señaló Dioscórides, médico griego del siglo I dC, en el prefacio de su célebre tratado Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos, que fue traducido y ampliado por el mencionado Andrés Laguna:

Guárdanse las flores y las cosas de buen olor en unos cajoncitos hechos de la madera de un árbol llamado teja, bien secos. Algunas veces se suelen envolver en papeles o en hojas para que se conserven las simientes mejor. A la conservación de las líquidas medicinas, materia más espesa conviene, como es la de la plata, la del vidrio y también la del cuerno. Guárdense asimismo en vasos de tierra cocida, con tal que no sean porosos. En los de madera suelen ser al propósito los que se hacen de boj. Para los remedios líquidos, aptos al mal de ojos, y para todos los otros que de vinagre, pez líquida y lágrima de cedro se hacen, los vasos de cobre son convenientes, así como los de estaño para conservar la grasa y los tuétanos.  

De las ya citadas cajas para guardar muestras, aun quedan algunos ejemplares originales en los que se aprecia que se cumplieron las condiciones del contrato para su fabricación:

En la frente de cada caja ha de ir dorada de dicho oro fino, bruñido, y en ella ha de ir una tarjeta con un grutesco… y encima del oro ha de llevar unas parrillas de San Lorenzo y, para diferenciar algunas tarjetas, se pintará un león.

Por otra parte el botamen cerámico de la botica del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial fue enteramente fabricado en Talavera de la Reina (Toledo). Probablemente los antecedentes sean romanos de la época de Augusto ("sigillata marmorata"), inspirados en los vasos de piedra dura italianos, en el gres renano de principios de siglo y en los jaspeados del centro de Europa como, por ejemplo, en algunas series jaspeadas en azul y manganeso hechas en Amberes.
Sabemos, también, que algunos artesanos flamencos vinieron a trabajar a España a partir del segundo cuarto del siglo XVI, y que desde 1550 comenzaron a aparecer en los documentos los términos "jaspeado" y "salpicado".
Los botes de botica adoptan distintas formas y nombres: se conocen como albarelos en España e Italia, aunque aquí se les suele llamar más comúnmente botes de farmacia. En tiempos de la fundación del monasterio eran casi los únicos medios de almacenamiento de sólidos o viscosos, siendo cilíndricos y con boca ancha, que permitiera introducir la mano y con la parte central algo más estrecha para facilitar su manejo.
También había cántaros de cuerpo grande, cuello alto y recto y con una o dos asas, que servían para contener aguas destiladas, jarabes o aceites.
Los jarrones tenían un acusado vientre, con dos asas y generalmente con tapa. En ellos se almacenaban los medicamentos de más valor como, por ejemplo, la triaca, compuesto farmacéutico para múltiples indicaciones, entre otras como antídoto contra venenos.
Las orzas eran vasijas panzudas, normalmente sin asas y con boca ancha y cuello corto, donde se colocaban las féculas, los polvos y las semillas.


Orza encargada al alfarero Juan Fernández en 1570

El idioma empleado en la inscripción que figuraba en el cuerpo del bote era el latín, con el nombre del contenido en abreviatura y con letras contraídas o superpuestas.
En la fábrica de Talavera, durante el siglo XVI, surgió un nuevo estilo de decoración, la llamada serie de bos floris, técnica introducida en España por Juan Floris, criado y maestro de azulejos nombrado por el rey Felipe II, que encargó un modelo especial para la botica del Monasterio de El Escorial, con el escudo con la parrilla de San Lorenzo y el león rampante de los Jerónimos en tonos ocres y amarillos. El escudo llevaba una corona, pero sin orla a su alrededor.
Después apareció la serie esponjada, llamada así porque el color solía aplicarse con una esponja o paño consiguiendo un punteado irregular, en tono azul cobalto sobre baño blanco, salpicado con manchas amarillas. Solían llevar cartela blanca y escudo. 
De la misma época de fabricación son los alicatados del palacio del rey, de la celda prioral, del refectorio de los monjes y de la misma botica.


                                           Cerámica en el refectorio

  

Myro Empeliciti, o Myrobalani empelliciti, aceite del árbol del rábano o moringa de la india, utilizado para tratar la insuficiencia cardiaca. En la actualidad tiene múltiples aplicaciones medicinales.


  

Cántaro para AQchichoreae, agua destilada de flores y hojas de la achicoria, utilizado como calmante y purgante.


BIBLIOGRAFÍA:
Dioscorides, Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos, Traducido por Andrés Laguna, Salamanca, 1566.
Simposium La Ciencia en el Monasterio del Escorial, Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas, 1992.
Fotografías y descripciones del Museo Arqueológico Nacional.


domingo, 18 de septiembre de 2016

La Divina Proporción y la fachada del Mediodía



Dedicado a L. M. Auberson


¿Donde reside el misterio para que este enorme panel desornamentado nos atraiga y no canse nuestras miradas a pesar de sus espectaculares medidas? ¿Habrá algún escondido misterio geométrico? ¿Cúal será el secreto que guarda celosamente esta fachada, que justifique su desconcertante armonía? 
El arquitecto Chueca Goitia no dudó en calificarla como uno de los más grandiosos alardes que se han hecho en materia de desnudez arquitectónica, sosteniendo que en ella todo es puro, esencial, geométrico y rítmico. 
En un intento más por encontrar razones geométricas para esta perfección, L. M. Auberson, recientemente fallecido, escribió un interesante artículo en 1963 sobre el Monasterio y la Divina Proporción y, cuando llegó a la fachada de Mediodía, descompuso su panel en cinco rectángulos áureos, en los que la razón entre sus lados era, precisamente, Φ= 1,618, o sea la Divina Proporción. 
Sinceramente nos confesamos algo incrédulos sobre este asunto. En el mejor de los casos, aun asumiendo el posible desglose en rectángulos áureos, nos parece difícil que la armonía del conjunto pueda residir en la composición geométrica de las cinco figuras áureas. 
Sin embargo, aquel artículo abrió las puertas para que los investigadores, desde entonces, hallan buscado por toda la arquitectura escurialense las huellas de la Divina Proporción. 

(Del libro Claves para comprender el Monasterio de El Escorial, Manuel Rincón ÁlvarezEdUniversidad de Salamanca, 2007).
  

viernes, 9 de septiembre de 2016

Rosas en el jardín



Dentro de su ciclo anual de floración, las rosas hacen su fulgurante aparición multicolor en el jardín de los Frailes escurialense. Claro que ahora constituyen un espectáculo estético singular, pero en tiempos de la fundación del monasterio tenían, además, otra función práctica como componente esencial para los preparados de farmacopea que se confeccionaban en la vecina botica.

El humanista y botánico Andrés Laguna, (1499 - 1559), segoviano por más señas, fue el médico personal de Carlos V y de Felipe II. Quizás su obra más sobresaliente fue la traducción del libro Materia médica de Dioscórides (1555), completada con anotaciones y correcciones, tratado de botánica médica que fue referencia obligada en tiempos posteriores. Este libro se lo dedicó a Felipe II, y en él se hacía esta descripción de las rosas:

Hállanse tres especies de Rosas domésticas, muy útiles a la vida humana: que son las blancas, las rojas y las encarnadas. Son tenidas por más excelentes las rojas, así por la suavidad del olor, en la cual hacen gran ventaja a las otras, como por el color muy grato, con que recrean y confortan la vista: además que tienen la sustancia de las hojas más sólida. Por los cuales respectos, de aquestas solas suelen los boticaboticariorios hacer la conserva rosada, y los jarabes confortativos. Secanlas también para hacer polvo dellas. De las blancas hacen menos caudal, que de todas las otras, y así se aprovechan de ellas sólamente para destilar el agua rosada: la cual para ser perfecta y no sentir ni al humo y al polvo, se debe destilar siempre con alambique de vidrio, en vaso doblado, cual es el llamado Balneo Mariae. [...] Así que me resuelvo a decir que el jarabe de rosas es la más saludable y católica medicina de cuantas Dios creó, para el uso de los mortales7 [...] Ultra de estas tres diferencias de rosas, hay otra especie de aquellas rosicas blancas, y de suavísimo color, que se dicen vulgarmente Mosquetas y las Damascenas. La rosa salvaje es muy más estíptica (cicatrizante, antinflamatoria), más áspera y menos olorosa que las hortenses

jueves, 11 de agosto de 2016

Algo más sobre los matrimonios del rey


No tenemos, ni creemos que exista, respuesta médica concreta sobre la longevidad de los hombres solteros en comparación con los que disfrutan de una situación matrimonial. Las expectativas de vida masculina debe ser más una cuestión genética y de salud que de otra cosa. Pero, rebuscando entre los casos que puedan contribuir a formar una opinión sobre este escabroso asunto, nos hemos encontrado sorpresivamente con uno histórico que atañe a la vida personal de Felipe II.
Resulta que, tras conocer como casi todo el mundo sabe, que nuestro rey pasó por cuatro matrimonios a lo largo de sus 71 intensos años de vida, de la lectura de El rey imprudente, de Geoffrey Parker, hemos aprendido que hubo otro quinto y último intento que, si bien no llegó a consumarse, si que nos parece, amén de anecdótico, altamente ilustrativo para responder a la pregunta que nos hemos formulado en el título de este apunte.
Ciertamente sabemos que Felipe II se casó con María de Portugal, María Tudor, Isabel de Valois y Ana de Austria, enlaces todos ellos impulsados por razones de estado y por la constante búsqueda de un heredero. Entre los cuatro hubo de todo, amor verdadero, frustración, apasionamiento, displicencia, y hasta la nefasta e infundada Leyenda Negra introdujo sus sucias garras en alguno de ellos, aportando elementos dramáticos de celos y asesinatos que proporcionaban la necesaria espectacularidad al libelo de turno.
Pero leyendo al ameno historiador, nos hemos enterado de que, tras enviudar de Ana de Austria, a sus 55 años, a Felipe II se le pasó por la mente volver a casarse, eso si, con alguna princesa que fuese bastante mas joven que él. Y no era la primera vez que el monarca apetecía la relación con pretendientas de edades sensiblemente inferiores a las suyas. En efecto, en el momento de sus primeros esponsales con María de Portugal, ella contaba con 15 años, Isabel de Valois tenía solo 14 cuando contrajo matrimonio en 1560 y en la cuarta ocasión, su sobrina Ana de Austria tenía 21 frente a los 43 del rey por aquel año de 1570.
Desde luego, al menos en este asunto, el rey no hizo caso a los consejos de su padre, el emperador Carlos, que le había advertido:

El sexo suele ser dañoso, así para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas, muchas veces pone tanta flaqueza que estorba para hacer hijos y quita la vida como lo hizo al príncipe don Juan, por donde vine a heredar estos reinos.

Pero, tras desatender aquellos paternales consejos, Felipe, por una última vez, puso su mirada en otra joven sobrina, la archiduquesa Margarita que contaba con escasos 15 años y que era hija de su hermana la emperatriz María, la cual quedó espantada ante tal despropósito que contravenía su proyecto de que María ingresase como monja en las Descalzas de Madrid, tal y como finalmente sucedió.


Margarita, ya de monja en las Descalzas, Imágen 35 del citado libro 

Escuchando a sus ministros y consejeros, los esponsales ofrecían buenas perspectivas: Margarita era joven, no era extranjera y pertenecía a la casa de Austria, siendo la mejor candidata de aquel momento. Pero la oposición materna y el propio rechazo de Margarita hizo que la idea no funcionara y el mismísimo Felipe II fue rechazado a sus 58 años, ante la sorpresa de todos y con el respiro del embajador imperial en Madrid, Khevenhüller, que anotó en su Diario:

Su majestad, con su prudencia, ni se había de casar con la serenísima infanta ni con otra alguna, porque según el parecer de los médicos podía vivir su majestad algunos años más si no se casaba; y casándose no le darían un año de vida.

¿Se haría eco el citado embajador del parecer de su tiempo en el sentido de que la actividad sexual intensa acortaba irremediablemente la vida, al menos de los hombres?
No lo sabemos. Como el lector siempre desea que el autor se pronuncie sobre la materia tratada, tendré que dar mi opinión. Pero como ando ahora por tierras gallegas, no puedo contestar de otra manera: depende….

BIBLIOGRAFÍA:
Parker, G., El rey imprudente, Planeta, 2015, pg 231.  

sábado, 16 de julio de 2016

¿Era Felipe II un ferviente seguidor de la alquimia?


¿Era Felipe II un verdadero amante de la magia, del hermetismo o de la cábala? ¿Fue un entusiasta sincero de la astrología o de alquimia?  O, por el contrario, ¿fue, simplemente, un hombre inquieto de su tiempo, que gustaba de disponer en su biblioteca personal de los mejores libros sobre estas materias, como parte del saber científico, -hoy diríamos pseudocientífico- de aquella época?  
No es fácil la respuesta y se necesita leer mucha historia de la segunda mitad del siglo XVI para sacar alguna conclusión. Porque es cierto que entonces no existía una frontera marcada entre la ciencia y la razón respecto de la especulación fantasiosa e imaginativa de todos aquellas disciplinas. Lo mistérico y lo oculto se mezclaba inusitadamente con el conocimiento y el rigor científico. Es evidente que para un monarca culto y ávido de saberes, todas esos esoterismos estaban al alcance de su mano y bien fundamentados en complejos y extensos tratados. Y el mejor exponente de esta avidez por penetrar en los terrenos de lo oculto, fue el propio sobrino de Felipe II, el emperador Rodolfo II de Praga, amante de lo esotérico y reconocido como mecenas de los alquimistas.
Mucho se ha debatido y está muy documentado todo lo referente al papel jugado por la botica escurialense, sus medios y sus procedimientos que fueron descritos con todo detalle por viajeros y cortesanos como Almela y L'Hermite. Claro está que en aquellas dependencias, sabiamente colocadas fuera del estricto recinto de la enfermería y del monasterio, valiéndose de una difusa mezcla de química y alquímia, se perseguían dos objetivos muy definidos.


Uno era la consecución de productos medicinales a partir de la destilación de toda clase de hierbas, algunas traídas de fuera y la mayoría recolectadas en los alrededores, fármacos que eran destinados para el consumo del miso rey y la propia corte, de la comunidad de monjes jerónimos y de los enfermos que eran asistidos el la hospedería.
El segundo objetivo, no menos vital, era el que hoy nos suena a utópico e ilusorio, el de la obtención de oro a partir de otros metales. Pero en aquellos momentos a nadie le parecía irreal, porque eran muchos los afamados alquimistas que se sentían capaces de conseguir el preciado metal mediante extraños y ocultos procedimientos. Ahora sabemos con seguridad que la historia de la alquimia fue una secuencia de engaños y fraudes, pero es obvio que tan tentadora promesa no se podía dejar de lado. 
No había duda de que Felipe II estaba llamado a tomar parte activa en el asunto, primero porque él y su arquitecto Herrera fueron grandes seguidores de Ramón Lull, gran amante de la alquímia que, luego, sus seguidores se encargarían de desvirtuar. Y, en segundo lugar, porque las finanzas del país estaban exhaustas con los pobres castellanos y aragoneses esquilmados tras soportar tantos impuestos destinados a las guerras exteriores.
¿Cómo un rey tan ortodoxo pudo acceder a la tentación alquímica a las puertas de su casa? La explicación no parece ser otra que, dado su gran sentido de estado, el pragmatismo del monarca cedió ante el apremio financiero, viéndose empujado a tantear aquellos cantos de sirena que, rayando en la heterodoxia podrían, sin embargo, suponer la salvación de las maltrechas arcas reales. No olvidemos que la primera finalidad del oro era para sostener nuevas guerras en defensa de la religión, por eso algunos han calificado la practicada en El Escorial como una alquímia "cristianizada".
En 1927, Rodríguez Marín en su libro Felipe II y la alquímia, descubrió la correspondecia entre el rey y su secretario Pedro de Hoyo, por el año 1567, en la que salen a la luz tanto el interés crematístico del monarca por el oro, como su frustración a medida que se iba acercando el fracaso final. 

Aunque yo soy incrédulo de estas cosas, désa no lo estoy tanto.

Por pura conveniencia mantuvo una cierta esperanza, dado que el éxito de la operación hubiera supuesto la solución a muchos de los quebraderos que, por entonces, rondaban la cabeza del poderoso rey. Los alquimistas reconocieron su error y Felipe II continuó fiel a su ortodoxia católica. 

jueves, 14 de julio de 2016

Anteojos en el Monasterio


En una aportación interesante del estudio La Ciencia en el Monasterio del Escorial, de 1994, Ana María Rueda Sánchez, bajo el título Optometría en el Renacimento español, rescata del Archivo de Simancas una curiosa anécdota.
Al parecer, en 1584, cuando Felipe II contaba 57 años, su Secretario Zayas escribió a la Embajada de España en Venecia, encargando un pedido de seis pares de anteojos para el rey. Tres pares blancos y tres negros "y en ninguna manera trate Vm de hacer guarnición de oro ni de plata, sino de la común, porque de otra manera no los querrá usar". Otra prueba más de la bien conocida parquedad y austeridad del monarca en cuanto a la vestimenta y los complementos.
Por aquellas fechas era Venecia, concretamente en la isla de Murano, la ciudad donde mayor desarrollo había adquirido la técnica del vidrio. En España fue en Cataluña donde esos procesos se habían depurado más, de hecho el mismo Felipe II contaba con una colección de piezas salidas de los talleres de Barcelona. Sin embargo, también existían otras fundiciones más modestas por los alrededores del monasterio, tales como las de Caldalso de los Vidrios, Ávila, El Recuenco de Guadalajara y Valdemaqueda. Es muy probable que en alguna de ellas se fabricasen los vidrios del ventanaje del monasterio, que tanta admiración provocaron entonces.
Volviendo a los anteojos, pero sn salir del monastero, habrá que esperar casi cien años para que el fresquista Lucas Jordán se autoretratase con ellos en la Escalera Principal, en el friso que representa la construcción del edificio (es el personaje central de los tres que están a la derecha)


De todas formas, el uso de anteojos debía estar bastante generalizado en el siglo XVI, porque en el anterior ya existían fábricas de ellos en Florencia, de donde salían lentes cóncavas y convexas. Posteriores testimonios pictóricos son el cuadro del Greco del Cardenal Niño de Guevara


y los retratos con los famosos "quevedos" pinzados sobre la nariz directamente, que popularizó Quevedo, ya en el siglo XVII.


lunes, 4 de julio de 2016

Luminarias en el Monasterio


Ahora que leemos en la prensa reseñas sobre los festejos del segoviano pueblo de Pedraza, iluminado con miles de velas en sus casas, calles y plazas, nos viene a la memoria aquella ocasión en la que el Monasterio escurialense fue profusamente alumbrado con motivo de la consagración de la iglesia que tuvo lugar el 30 de agosto de 1595. Por tanto, este próximo 30 de agosto se cumplirán exactamente 421 años de aquel suceso.
Por aquellas fechas, Felipe II tenía ya sesenta y ocho años y se encontraba aquejado por la gota y fatigado por los cuarenta intensos años de reinado. Pero, no obstante, se mostró en esta ocasión animoso e ilusionado al escuchar la propuesta de festejar por todo lo alto la culminación religiosa de la obra de su vida. Se celebraría un prolongado ceremonial litúrgico pero, en la noche anterior, la fiesta se completaría con una sorprendente iluminación externa del edificio a base de lámparas de aceite. Leamos al P. Sigüenza que nos relata el acontecimiento:

Mandó el Rey que se pusiesen por todo el templo y por la casa luminarias, y que la noche que espera tan solemne día no fuese oscura. Hiciéronse muchas. No conciertan los oficiales en el número, unos dicen seis; otros cinco mil, otros más; otros menos. Estas eran unas lámparas de barro  llenas de aceite rodeadas con papel aceitado para defenderlas del aire; tenían unas mechas o torcidas que, aunque de estopa, las hilaron las damas de la Infanta, y aun ella creo no se desdeñó en hacer alguna por entrar en parte de la fiesta.
Al punto que cerró la noche se encendieron todas con harta presteza y se vio una de las más alegres vistas que se pueda imaginar. Como el ventanaje de la casa es tanto y en tan bien guardada proporción y en todas ellas estaban tantas luces, veíanse a los ojos una compostura de gloria…
Viéronse las luminarias desde Toledo y desde Ocaña y otros lugares, porque los que tenían noticia de la fiesta estuvieron sobre aviso y pudieron mostrarlo a otros.          
Salió el Rey de su aposento; lleváronsele en una silla, porque la gota le tenía impedido; subió al claustro alto del convento para gozar de la vista y del fruto de su santa invención.
El Príncipe nuestro señor quiso mirarlo desde cerca y desde lejos: Bajó a caballo hasta el pueblo y subió a la sierra hasta el arca del agua acompañado de sus caballeros, y se alegró mucho con las vistas.  


                                                   
No es fácil imaginar el espectáculo de la silueta del monasterio destacando en la negrura de la veraniega noche guadarrameña. Considerando las fechas –últimos días de agosto- es previsible que multitud de estrellas fugaces cruzasen el cielo queriendo sumarse a tan fastuosa fiesta.
Claro es que no todo fue espiritualidad en aquella conmemoración, pues también añade el P. Sigüenza que hubo que dar gracias a Dios “porque se pusieron estas luces en lugares tan altos y peligrosos que subieron a ellos de noche muchos peones de la fábrica y otra gente torpe tan proveídos de vino como de lámparas porque en noche tan alegre no se mezclase punto de tristeza”.
La dilatada ceremonia religiosa del día siguiente acabó a las cuatro de la tarde. Hasta la última hora el Rey estuvo presente, olvidándose de su flaqueza de fuerzas y de su enfermedad. Faltaban tan sólo tres años para su fallecimiento.

Bibliografía:

Claves para comprender el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Ed. Universidad de Salamanca, Manuel Rincón Álvarez

sábado, 30 de abril de 2016

Sexo en la corte de Felipe II


El historiador Geoffrey Parker en su libro Felipe II, una biografía definitiva, publicada por Planeta en el 2010, nos ha engañado, pues tal biografía no era la definitiva, dado que tan solo cinco años después, en el 2015, se ha publicado otra nueva, bajo el subtítulo de la biografía esencial de Felipe II.
Este desliz se lo perdonamos al excelente historiador, ateniéndonos a los valiosos estudios y a la abundante documentación manejada en ambos libros y que, indudablemente, nos aproximan un poco más a la personalidad de nuestro rey.
Dicho lo que antecede, de su lectura hemos rescatado una anécdota  que nos revela una nueva faceta de Felipe II y, sobre todo, de la relación epistolar que su padre, Carlos V, sostuvo con él, en forma de Instrucciones para el buen gobierno y para la observancia de una correcta vida pública, personal y hasta íntima.
En víspera del casamiento de su hijo, todavía príncipe, con María Manuela de Portugal, el emperador le recordaba que la relación sexual para un joven suele ser dañosa, asi que como para crecer el cuerpo como para darle fuerzas, muchas veces pone tanta flaqueza que estorba para hacer hijos y quita la vida, como lo hizo con el príncipe don Juan. El suceso del fallecimiento de don Juan, príncipe heredero de los Reyas Católicos, supuestamente había sido causado por una inmoderada actividad sexual con su joven esposa, no se había apartado de la mente de Carlos V. 
Y llegaba hasta instarle a que con María mantuviera una cierta contención: Os ruego que una vez que hayais consumado el matrimonio, con cualquier achaque os aparteis de la princesa y que no volvais tan a menudo a verla.


                                                     María Manuela de Portugal

María Manuela de Portugal (1527-1545) fue la primera esposa de Felipe II y el matrimonio solo duró dos años, pues falleció tras el nacimiento del que luego sería el problemático príncipe don Carlos. Era de la misma edad que el príncipe y cuando falleció con 18 años no era reina todavía, por lo que está enterrada en el panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial.
La princesa se trasladó desde Lisboa a Salamanca donde se iba a celebrar la boda y donde se había preparado un fastuoso recibimiento. Los detalles de la boda se hallan recogidos en un manuscrito de la Biblioteca Nacional. Aquí solo transcribimos algunos párrafos extraídos de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:
 
El príncipe Felipe acompaña a la princesa María Manuela hasta Salamanca sin ser visto, y entra en la ciudad sin recibimiento por petición suya.
El joven novio, Felipe, siente curiosidad por saber cómo es su novia, y así pide que le envíen unos retratos. El cronista del manuscrito, nos da cuenta de cómo viene un correo con un retrato para el Emperador Carlos V, que también quiere conocer a la prometida de su hijo:
     «[...] Fue a dormir a Aldeanueva del Camino y acaso esa noche a hora de las doce llegó un hidalgo portugués por la posta el cual traía el retrato de la princesa mejor sacado que dos otros que habían enviado al príncipe, nuestro señor, porque se había de enviar a su majestad porque lo había enviado él a pedir desde Flandes...».
     Pero no contento con esto y con las descripciones que le manda el embajador, don Luis Sarmiento por carta, don Felipe sale a escondidas con su cortejo a ver a la princesa. Según Manuel Fernández Álvarez, no sólo es curiosidad lo que mueve a nuestro príncipe a ir a ver a la princesa por el camino, sino que es también cuestión de protocolo, por eso se hace acompañar para tener testigos de qué tiene interés por su futura esposa.
     Así vemos a don Felipe, a través de nuestro cronista escondiéndose para ver a la princesa María Manuela sin ser visto:
     «[...] Llegó (la princesa) a un lugar del duque de Alba una legua de Aldeanueva del Campo donde ya el príncipe, nuestro señor, estaba muy disimulado y metido en una casa acompañado del duque de Alba y del marqués de Villena y conde de Benavente y del almirante de Castilla y del príncipe de Asculí y de don Álvaro de Córdoba, su caballerizo mayor y de don Antonio de Rojas su camarero y de don Manrique de Silva, de don Pedro de Córdoba, de don Juan de Luna, del correo mayor, de Ortega, mozo de cámara, don Alonso Enríquez, don Antonio de Toledo, conde de Alba. Los cuales iban muy embozados con cada sendos pajes solamente».
     En Aldeanueva, don Felipe se esconde en un mesón que estaba en la calle por donde iba a pasar la princesa, y al punto de hacerlo doña María Manuela, don Antonio de Rojas levantó las mantas, detrás de las que se ocultaba el príncipe, y quedó a la vista de todos para gran alegría de las damas portuguesas. Aquí es donde se ve que él iba a cortejar también a la novia y no sólo a observarla a escondidas.

Así sabemos que el primer encuentro de Felipe II con la sexualidad fue problemático pues a las admoniciones de su padre, siguió la ansiedad por conocer a su joven princesa portuguesa para casarse con ella, y después disfrutar de un matrimonio efímero y con final trágico. 

Bibliografía:
    
Geoffrey Parker, Felipe II, la biografía definitiva, pga 66. 
Recibimiento que se hiço en Salamanca a la princesa doña Mª de Portugal, viniendo a casarse con el príncipe don Felipe II, Biblioteca Nacional de Madrid (ms. 4013).
Carlos V, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


jueves, 24 de septiembre de 2015

Horror vacui


Horror vacui. Por el diccionario de la RAE sabemos que esta es una locución latina que significa literalmente ‘horror al vacío’. Se emplea en el campo del arte, para referirse a la tendencia a llenar todos los espacios de elementos decorativos, como sucede, por ejemplo, en el arte islámico o en el barroco, donde parece que no debe quedar ningún hueco sin ornamentación alguna. Todo está repleto de cualquier tipo de aderezo, sin permitir tregua alguna para la contemplación. El plateresco hispano también nos dejó buenas muestras y por citar solo dos recordamos las portadas de San Esteban o la de la Universidad, ambas en Salamanca. Y qué decir del rococó posterior.

Es aplicable a cualquier espacio donde no se deje ni un ápice para el reposo de los sentidos, porque lo contrario se podría interpretar como la nada del vacío, el silencio absoluto, es decir, en definitiva, una carencia. El vacío puede generar miedo. Pero ese vacío también puede significar algo, o mucho, si pensamos que en él puede residir la claridad y la limpieza de planos y curvas, sin relieve alguno, sin distracción que nos impida la reflexión. La ausencia de formas sensoriales e ilusorias no quiere decir que, fuera de su dictado, no haya nada.

Habéis pensado cual sería la primera reacción de los viajeros del siglo XVI cuando, recién llegados desde la Villa de El Escorial, tras reponerse de la dura subida, dieran sus miradas con el desafiante ábside de la Iglesia, el que recibe diariamente el amanecer que viene de levante. Un plano desnudo tan solo coronado por un discreto frontón y una suave cornisa que corre horizontalmente. No es casi nada para tan significativo y majestuoso paramento, que debería aceptar su delicada misión de acoger a los nuevos visitantes. Claro que no seria este el único impacto que recibirían esos viajeros, pues luego tendrían que acomodar su vista a otros muros igual de desnudos: el primero el que ofrecía la fachada septentrional, con menos sol y menos ventanaje para evitar que por allí se colaran los cierzos fríos que bajaban desde Malagón. Y después, las restantes fachadas, las torres, el patio de los Reyes y todo lo demás.

Nada de adornos superfluos, nada de floreos innecesarios, solo espacios vacíos únicamente interrumpidos por algunos entallados de pilastras sin apenas relieve. Es el imperio de la Geometría en el que no queda resquicio para lo superfluo, porque en esos espacios solo hay lugar para la proporción y la simetría, y para la euritmia, al decir de Vitruvio.

Nacía otro nuevo concepto de la estética, otra manera, que no maniera, de entender el clasicismo "a la antigua" como se decía, por entonces, en aquella segunda mitad del siglo XVI.

Por lo demás la confrontación está servida y lo seguirá estando en siglos venideros. Nosotros sí creemos a partir de nuestras vivencias personales, que el adorno excesivo y recargado puede llegar a producirnos un cierto hastío mental y visual, mientras que el limpio desnudo arquitectónico nos invita a la reflexión y a la calma. No nos invade ni nos perturba, tan sólo nos muestra la armonía de sus números.

En el, no hay ni lugar para las fantasías ni horror al vacío.




jueves, 10 de septiembre de 2015

Alberti y el monasterio


Cuando vimos por primera vez una imagen de la fachada de la iglesia de San Sebastián, de Mantua, pensamos que el arquitecto que la diseñó tendría que haber ejercido alguna influencia sobre nuestro monasterio. El autor era Leon Battista Alberti que había dejado escrito a su muerte, en 1485, el muy divulgado tratado de arquitectura De re aedificatoria, que por ser uno de los más acreditados de todo el Renacimiento italiano, a buen seguro que pasó por las manos de Felipe II, gran amante de la arquitectura, cuando éste se estaba planteando el levantamiento de su obra personal, el monasterio de San Lorenzo el Real.




Fachada frontal San Sebastián de Mantua y lateral del monasterio


Alberti actualizó las reglas del romano Vitrubio de acuerdo con los nuevos criterios humanistas del siglo XV florentino y en él se miraron todos los arquitectos renacentistas posteriores, entre los cuales estaba Juan Bautista de Toledo, que trabajaba en Roma a las órdenes de Miguel Ángel y que fue el elegido por el rey para conducir su obra.
Pero este Alberti no se había limitado a establecer unas nuevas pautas formales, sino que transformó los fundamentos de la arquitectura y, por sintetizar, retomamos dos líneas básicas de su pensamiento:

El artista no debe ser un artesano sino un intelectual preparado en todas las disciplinas y en todos los terrenos.

O sea que cambió sustancialmente el papel social jugado por los arquitectos hasta ese momento, que dejaron de ser maestros de obra para convertirse en auténticos artistas cualificados. Así sucedió en El Escorial donde, tanto el mencionado Toledo como su sucesor, Herrera, actuaron de esa forma, siendo directos rectores e intérpretes de las directrices dadas por el promotor.

Todo el negocio de edificar está constituído en lineamientos y fábrica. Será el lineamiento una cierta y constante ordenación, concebida en el entendimiento, hecha con líneas y ángulos, y perfeccionada con ánimo e ingenio docto.

Los lineamientos no eran otra cosa que el diseño y lo que él quería significar era la gran distancia existente entre diseño (planos, dibujos, trazas) y la fábrica (materiales, obra, construcción propiamente dicha). Y lo que Alberti vino a establecer es que lo esencial era el diseño, muy por encima de la pura realización. Y esto es lo que sucedió en el monasterio, donde se dio una producción tal de trazas, monteas y planos que no había tenido precedentes en las soberbias catedrales góticas anteriores. Todo se diseñaba en papel en la oficina especialmente dedicada a ello, localizada en el Alcázar madrileño y, desafortunadamente, en el incendió de este palacio, desaparecieron la gran mayoría de ellos
Y estas dos facetas constituyen, a nuestro juicio, una buena explicación del porqué, el levantamiento del monasterio filipino vino a revolucionar los fundamentos de la arquitectura española del siglo XVI, dando el golpe de gracia a lo que había sido un lento proceso de cambio y un forcejeo prolongado entre el gótico "moderno" y el clasicismo "antiguo".


Bibliografía: Bustamante García, A. La Octava maravilla del mundo. Alpuerto, Madrid, 1994




miércoles, 9 de septiembre de 2015

El error de un buen fraile


Sabemos que el monasterio escurialense fue erigido para conmemorar el triunfo de las tropas españolas al mando de Manuel Filiberto de Saboya sobre los franceses en la plaza de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, coincidente con la festividad del diácono San Lorenzo. Se ha llegado incluso a especular con la suposición de que, en el transcurso de aquella operación militar, habría sido inevitablemente destruido un monasterio bajo la advocación de este mártir, lo cual obligaba moralmente a una cierta compensación, tal y como podía ser el levantamiento de un nuevo cenobio como acto de desagravio. Sin embargo, la existencia de tal monasterio no parece probable y el mejor argumento en contra nos lo proporcionan las dos únicas representaciones que de aquel hecho de armas existen dentro del propio monasterio.
En la primera, en la llamada sala de las Batallas, en la que se representan escenas muy detalladas de San Quintín, y en la que en ningún momento aparecen señales de monasterios ni nada que se pueda relacionar con esta suposición.
El segundo lugar es en los frescos pintados por Lucas Jordań en la Escalera Principal, casi 100 años después, y tampoco aquí se vislumbra rastro alguno del supuesto monasterio.
                                                      


Arriba, en la sala de Batallas. Abajo, en la Escalera Priincipal

Este error sobre un aspecto tan fundamental como eran las motivaciones del monumento parece que tuvo su origen en un buen fraile y mejor maestro de obras. Nos referimos a fray Antonio de Villacastín, tenaz trabajador en la construcción desde el principio hasta el final de la misma, dedicado y fiel a su cometido y comprometido con el Rey, con los arquitectos y con  todos sus superiores.Sin embargo, este hombre, que era más de acción que de letras, escribió en su última etapa, casi cuando estaba ya ciego, unas Memorias recogidas por el historiador P. Zarco, en las que sostenía lo siguiente:

La ocasión y primer motivo que tuvo el rey don Felipe II hacer este monasterio, fue que estando en San Quintín, por la parte que se había de batir la muralla, estaba un monasterio de frailes de San Lorenzo, y mandó salir a los frailes, y sacar el Sacramento y toda la ropa, y acabado esto, fue batido el muro y monasterio; y por haberlo destruido este dicho monasterio, prometió hacer otro en España.

Y esta fue la fuente del error que ha estado en el candelero de muchos historiadores en estos cuatro siglos.

Claro que, por su buen hacer como maestro de la obra, se le puede perdonar a fray Antonio este lapsus histórico.

Un billete de 1925


Una curiosidad numismática.
Aunque, al parecer, este billete de 100 pesetas con motivos escurialenses no se puso en circulación hasta después de 1936, fue diseñado en el año 1925.